Melilla, esa ciudad que no te cuentan.

Estos días festivos me encuentro en Melilla, visitando a mi hermana. Ella vive aquí desde hace más de una década. Es la segunda vez que vengo, aunque la primera estuve aquí durante la fugacidad de un fin de semana. Confieso que antes de tener un vínculo familiar con la ciudad no sabía nada sobre ella, seguramente la misma idea que tendrás tú que lees esto, si nunca has venido. Aunque en la actualidad ese “no saber nada” está ahora, por desgracia, mucho más empañado con la imagen que los medios de (in)comunicación están dibujando en la mente de los ciudadanos, sobre esta bella y dinámica ciudad. Creo que es algo bastante obvio pero igualemente necesario repetir. Escaparnos, aunque sea por unos días, de esa “jaula” cultural en la que vivimos cada uno de nosotros, es la mejor herramienta para poder juzgar y acabar con los prejuicios. Cada día me sorprendo (mejor dicho, me espanto) más de lo que pueden llegar a condicionar la mirada de las personas la ignorancia y los medios masivos. La gran mayoría de ciudadanos nos son en absoluto conscientes de la manera tan descarada en que están siendo manipulados cada día. No conscientes ni lo más mínimo de cómo periódicos en papel o digitales e informativos de radio y televisión pueden llegar a distorsionar su visión del mundo y de los otros. Cada día, esos mismos medios de comunicación ponen a prueba mi hartazgo, mi cansancio mental, mi indignación. Cada día me aburren más. Como periodista, últimamente me planteo con más intensidad y frecuencia cuál es el sentido de esta apasionante y enriquecedora profesión si no puedo ejercerla de la forma en que creo. De qué sirve trabajar “como” periodista si no puedes “serlo” realmente, si no puedes hacer tu trabajo de la manera en que se debe hacer, utilizando en tu tarea la esencia misma de la profesión. Yo me hice periodista por vocación, porque creo en esto y soy consciente de la responsabilidad social que supone. Por ello creo que si no puedo hacer bien mi trabajo, si no puedo ejercer el periodismo para unir en lugar de separar; para dar a conocer, en lugar de distanciar y crear clichés que se vuelven más absurdos cuánto más avanza el siglo XXI, prefiero dedicarme a otra cosa. En ese caso podré ejercer mi profesión en el campo personal, con total libertad, honestidad y ética. Un periodista lo es siempre, aunque no trabaje para otros o no publique para un gran público. Sin embargo, dudo que el periodismo (en sentido más puro) me proporcione mi sustento económico principal si no encuentro “mi lugar”. Uno que no me suponga conflictos éticos y de sentido común personal y profesional. Un sitio que no haga que me avergüence de compartir profesión con los que publican (con hincapié en titulares y vocabulario elegido) ciertas piezas hoy en día en este país. Uno que haga que me sienta orgullosa de haber alcanzado mi sueño de la infancia de ser periodista. Uno que haga que cada día me dé gracias a mí misma por haber empleado cinco años de mi vida en estudiar esta carrera. Uno que haga que a mis profesores favoritos, los que más estimularon mi sentido crítico, mi capacidad de análisis y reflexión, los que hicieron que me reafirmase en mi cosmovisión. Los que me mostraron que no soy la única que cree en esto, que no soy una simple idealista. Uno que haga que a esos profesores se les dibuje una sonrisa de satisfacción cuando algún día lean mi trabajo. Estos días me encuentro en Melilla y pienso que esta ciudad seguramente para ti sea sinónimo de “valla”, de “frontera” y de otras muchas cosas que publican cada día los medios y que prefiero no repetir, por decencia. También pienso que seguramente conoces a mucha gente que piensa que es peligrosa o desaconsejable, aunque yo, que he estado aquí, desconozco el motivo. Y, sin embargo, Melilla es una ciudad llena de vida, con tanto que ofrecer que me faltan tiempo y días laborables. Habrá que volver a visitar la España africana. Melilla merece la pena.

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Diario de Granada (2)

Estoy agotada, exhausta, hoy ha sido un día de no parar. Pero es un precio que se paga de muy buena gana cuando se viaja. Caminar, visitar museos, disfrutar de la belleza de los monumentos que cada lugar nos ofrece. Y cuando se dispone de un presupuesto ajustado que se traduce en unos poquitos días de estancia, uno no puede evitar llevar a los pies a su límite.

En mi segundo día en la encantadora Granada saludé a la mañana con un poco de ejercicio que me sirvió de calentamiento para la jornada que me esperaba. Las cuestas y las escaleras del precioso barrio del Realejo son una buena forma de que el cuerpo se vaya haciendo a la idea de lo que tendrá que enfrentar. Por las calles de uno de los barrios más bellos de Granada el sonido del agua es un regalo para mis oídos. Respiro el aire fresco que me brinda esta parte de la ciudad y observo las maravillosas vistas que se observan desde este punto.

Carmen de los Mártires - Z.L.C.

Carmen de los Mártires – Z.L.C.

Hoy ha sido un día de visita a la parte monumental y más emblemática de la ciudad, la Alhambra. Que le ha dado fama internacional y gracias a la cual podemos imaginarnos en tiempos de Al-Andalus. Antes de visitar los espacios gratuitos de la ciudadela, paseo por el jardín Carmen de los Mártires. Nada más entrar, la nariz se satura con un intenso olor a verde que despide la vegetación. Al fondo, observando impaciente, la ciudad espera. Exploro los diferentes niveles de este bonito jardín en que varios patos descansan plácidamente hasta que los humanos pasan por allí. De nuevo, el sonido del agua, que cada vez que lo escucho me entra un deseo irrefrenable de tocarla.

El agua me fascina desde siempre, me transmite paz, serenidad y sosiego. Por eso creo que Granada es tan especial porque casi podría llamarse “la ciudad del agua”. Es su sello de identidad, no sería la misma. Fue curioso subir precisamente, con este pensamiento en la cabeza, por la Escalera del agua, al final del recorrido de hoy que terminó en el Generalife. Tras toda una mañana y una tarde acompañada de la presencia del elemento esencial para la vida, al subir esos peldaños, volvió su efecto hipnotizador. Y yo no pude evitar llegar a la conclusión de que el agua es igual de imprescindible para la ciudad de Granada. Al menos tal y como la conocemos. ¿Qué sería de su encanto, de su vitalidad, de su embrujo sin su agua?

Torre de la Vela - Z.L.C.

Torre de la Vela – Z.L.C.

La cultura musulmana mantiene una presencia imborrable y muy viva en esta ciudad. Forman parte de su identidad los mosaicos, la magnífica arquitectura de aquella época de esplendor que te deslumbra cuando descubres la Alhambra, sus barrios árabes o sus coloridas tiendas de artesanía. Además de todo eso, el agua, tan importante para los musulmanes, me recuerda intensamente ese vínculo. Lo primero que vi antes de entrar en el recinto de la ciudadela fue la Fuente de Carlos V. Tiene tres máscaras cuyo misterio todavía no ha permitido saber con seguridad si cada una de ellas representa tres estaciones del año. La que lleva trigo en las orejas, el verano; la que lleva flores, la primavera y la que lleva uvas, el otoño.

Patio de los Arrayanes - Z.L.C.

Patio de los Arrayanes – Z.L.C.

Patio de los Leones - Z.L.C.

Patio de los Leones – Z.L.C.

Tras atravesar la Puerta de la Justicia y la Puerta del Vino, entré en el Palacio de Carlos V, para conocer el Museo de la Alhambra, que alberga en su planta baja. Es curioso que este rey mandase construir el edificio para no llegar ni a alojarse en él ni siquiera un fin de semana. Excentricidades al margen, gracias a que se encaprichó de la Alhambra, ésta fue considerada como parte del patrimonio de los Palacios Reales Españoles y no condenada al olvido y al deterioro. Tras salir del museo, había que reponer fuerzas y engañar al estómago. El calor invitaba a tomar un helado, pero en el quiosco del recinto, como era de esperar, estaba a precio de oro. Por supuesto, reservé el dinero para la cena, ya que por el mismo precio (o incluso menos, dependiendo del caso) puedes tomar un caña con tapa, supuestamente “gratis”. Algo que no es más que una leyenda urbana porque cuando las cañas se cotizan a 2,50 €, la tapa está incluida como extra. A este respecto aprovecho para darte un valioso consejo si viajas a Granada por primera vez. Cuando te sientes en un establecimiento, deja bien claro que sólo quieres una cerveza, un vino o un refresco. Evitarás lo que me ocurrió a mí ayer por la noche, que te vengan con la carta nada más sentarte, cuando tú sólo querías las famosas tapas “gratis”. E incluso que algún camarero te manipule hablándote de un calamar a la plancha buenísimo, que acabas pidiendo. Está muy rico, sí, pero por el precio que te cuesta, ya te puedes olvidar de ir a otro sitio.

Patio de la Acequia (Generalife) - Z.L.C.

Patio de la Acequia (Generalife) – Z.L.C.

Tras ver la Alcazaba (con entrada), el recorrido termina en el Jardín del Adarve donde de nuevo el olfato se reactiva. Aprovecho para descansar después de haber subido los escalones que llevan a lo alto de la Torre de la Vela y echo un vistazo a la zona del Partal.  Después entro en los Palacios Nazaríes, donde se encuentra, entre otras maravillas, el celebérrimo Patio de los Leones (hay que reservar turno al comprar la entrada). Cada uno de ellos tiene una aspecto diferente, que ahora luce mucho mejor tras una intensiva limpieza y restauración. La jornada de hoy ha vuelto a ser frenética pero la recompensa de unas cañas con unas tapitas ha sido doblemente gratificante. Después de lo del calamar a la plancha, ya puedo decir que me he vuelto una especialista en comer a precio mini con bebida a precio maxi. El broche de oro goloso de hoy ha sido un helado artesano de un sitio cerca del apartamento, al que le había echado el ojo nada más llegar. ¡No me pude resistir! Próximamente, la season finale de este  Diario de Granada.

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Diario de Granada (1)

Hoy llegué a la mágica ciudad de Granada. La tarde se me ha pasado volando, pero la he aprovechado al máximo. Me ha recibido una ciudad pequeña pero bulliciosa, dónde el tráfico no te da un respiro. Los pasos de peatones acumulan personas que esperan con paciencia infinita que el semáforo se decida a pintarse de verde. Siempre me he declarado una urbanita sin remedio (no sé si por haber nacido en un entorno rural y con escasas posibilidades de distracción  o simplemente porque el mundo me ha hecho así). Adoro mezclarme entre el trajín de la gente, el ruido, los sonidos, el movimiento, los pasos de la gente apresurada…  ¿A dónde irán siempre con tanta prisa?  ¿Es que siempre llegan tarde a todos lados? Todo ese desenfreno urbano me transporta a una dimensión paralela, ajena a mi realidad y me coloco en una especie de éxtasis de cemento. Granada tiene todo eso, bañado de una magia especial que te hace sentir querido.

Confieso que soy una viajera que trata siempre de encontrar algún encanto, por pequeño que sea, a todas las ciudades que visita. Puede ser el encanto y la simpatía de la gente, la arquitectura, la gastronomía o una experiencia agradable vivida sobre el asfalto de esa urbe. Pero en el caso de Granada he visto una ciudad cosmopolita, que celebra su herencia cultural y la disfruta. He sentido cómo me recibía con una sonrisa y ponía en mis manos una invitación a pasear sus calles y empaparme de su multiculturalidad. Me he sentido transportada a otros tiempos en que Granada era cuna de la cultura musulmana, cuya huella sigue muy presente y la enriquece.

Alcaicería - Z.L.C.

Alcaicería – Z.L.C.

Interior de la catedral - Z.L.C.

Interior de la catedral – Z.L.C.

Entré en la Capilla Real, donde están sepultados Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, al igual que los restos de su hija Juana I de Castilla (conocida como Juana La Loca), su marido Felipe I de Habsburgo (Felipe El Hermoso) y un nieto de los reyes, hijo de Isabel de Aragón (otra de sus hijas), que murió de niño. Me pregunto qué hubiera ocurrido si los Reyes Católicos no hubieran mandado expulsar a los musulmanes de la ciudad. Se habrán marchado aquellos habitantes de entonces, pero su legado se respira en cada rincón de Granada. Así lo sentí cuando antes de mi visita al Palacio de la Madraza y a la preciosa catedral del siglo XVI, me adentré en la Alcaicería (de Al kaysaria, “el lugar del César”), que sustituye a la original, destruida por un incendio. Situada al lado del templo, era una zona comercial dedicada al comercio de la seda, hoy mercado de artesanía. Seguí mi ruta hasta la parte baja del Albaycín, antiguo barrio árabe, en el que no me resistí a entrar en una tetería a saborear un surtido de dulces árabes artesanales acompañados de un delicioso té negro con leche, vainilla y jazmín.

Atardecer desde el Realejo - Z.L.C.

Atardecer desde el Realejo – Z.L.C.

Tras haber exprimido al máximo mis primeras horas en la bella Granada, pasé por la Plaza Bib-Rambla y continué mi camino hasta llegar al encantador y empedrado barrio del Realejo, donde tengo la suerte de alojarme. En mi camino al apartamento atardecía y quise rescatar el momento con mi cámara, como pude, con la escasa luz que quedaba.  Ya me apetecía descansar en el apartamento que estos días será mi casa. Como decía Revólver en una de mis canciones favoritas de su amplio repertorio, donde me duermo está mi hogar.

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Death of a Salesman

La adaptación para la televisión dirigida en 1985 por Volker Schlöndorff está basada en la obra teatral homónima que Arthur Miller publicó en 1949. Dustin Hoffman protagoniza la historia de un hombre en la sesentena que ha pasado toda su existencia viviendo de ilusiones. Toda la vida de Willy Loman, el personaje protagonista que el actor interpreta magistralmente, es una continua aspiración a ser “el mejor”, “el más reconocido”, “el más exitoso”. Willy trata incesantemente de parecerse mínimamente a su hermano, muerto recientemente, y que consiguió hacerse rico. La historia de “Muerte de un viajante” refleja la situación de esos padres que tratan de esculpir a sus hijos a su propio gusto, que vuelcan sus frustraciones y anhelos en su descendencia.

 Loman ha empleado toda su vida en intentar que sus hijos vivan la vida que él cree que deben vivir, que tengan las aspiraciones que él considera fundamentales y que, nuevamente, sean “los mejores”, “los más reconocidos” y los “más exitosos”. Lo que no entiende Willy Loman es que lo único que consigue es amargar la existencia de sus descendientes, especialmente la de Biff (John Malkovich), que siempre ha intentado ir a contracorriente y se ha negado a vivir como su padre quería imponerle. Esta situación ha sido siempre fuente de conflictos y encontronazos entre padre e hijo.

En el lado opuesto se encuentra Happy (Stephen Lang), el otro hermano, que ha tratado de complacer a su padre por todos los medios. Y la figura restante es Linda (Kate Reid), la paciente, sumisa y resignada esposa. Esa ama de casa que vive únicamente para ver a su marido contento, hasta el punto de consentirle humillaciones y menosprecios.

 El espejo del sueño americano, cuyo reflejo dice a quien lo mira que ha de ser el primero en todo, tener más dinero, más éxito y más reconocimiento que nadie. Ese sueño que acaba por ser absurdo hasta el punto de convertir la vida de la familia protagonista en un suplicio. Las fantasías de Loman lo llevan a tomar finalmente una decisión irracional, insensata y fatal. Personalmente, la historia me pareció interesante, aunque lo más destacado sea la magnífica interpretación, en la que destaca Dustin Hoffman, que una vez más nos muestra su gran talento. Sin embargo, el ritmo se llega a hacer exasperante y la trama excesivamente lenta y carente de esa  chispa que tienen algunas películas, que hace que no quieras que se terminen. Quizá sea porque es una traslación literal de la obra de teatro al formato televisivo y no se ha adaptado de ningún modo.

Nota: 7/10

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Harold and Maude

Desde hace algo más de un año, por razones de crisis existencial, me ha dado por buscar películas sobre la muerte o cómo tomarse la vida. Hace una semana encontré la película “Harold and Maude” y lo cierto es que las opiniones de las personas que la habían visto eran todas buenas, salvo raras excepciones. La película está dirigida por Hal Ashby en 1971 y protagonizada por Ruth Gordon (Maude) y Bud Cort (Harold).

 Harold es un chico joven y adinerado que lo tiene todo, pero no es feliz. Es una persona gris, triste y amargada. Está obsesionado con la muerte y se pasa los días simulando suicidios de formas variadas (ahorcándose, clavándose un cuchillo, pegándose un tiro, ahogado en la piscina…) Una de sus aficiones favoritas es la de acudir a entierros y funerales y en este pasatiempo coincide con Maude, una anciana que el próximo sábado cumple 80 años. Maude es alegre, extrovertida e intrépida, nada que ver con lo que la sociedad o el sistema “espera” de una señora de su edad. Pero a ella tanto la sociedad como el sistema le traen sin cuidado, ella vive como le da la gana y hace lo que le apetece. Incluso coger “prestados” los coches ajenos, coger un árbol de propiedad pública para plantarlo en el bosque o resistirse a la autoridad como si tal cosa. Para Maude la vida es libertad y cree que hay que quitarle el exceso de moralidad que impregna a la sociedad.

 Un día Harold encuentra a Maude en uno de los entierros a los que acude casi cada día. Enseguida congenian, se entienden y Maude le enseña a Harold a ver la vida de otra forma. Ante la continua respuesta de “no lo sé”, que Harold utiliza para todo lo que le pregunta Maude, ésta le hace ver que debe aprender/probar/descubrir algo nuevo cada día, que debe valorar lo que tiene. Sólo así podrá vivir la vida al máximo. Le descubre un pasado con una juventud revolucionaria, reivindicativa y luchadora. Maude es al fin y al cabo una anciana entusiasmada por la vida, que cree que en su caso, va a llegar en breve a la cifra perfecta: 80 años. La entrañable mujer cree que es la edad idónea para morir, pues “a los 75 aún es demasiado pronto y a los 85 ya estás haciendo tiempo”, le explica a Harold.

Lo que en un principio comienza como una curiosa amistad intergeneracional, termina siendo una peculiar pero hermosa historia de amor. Harold encuentra en Maude el empuje que le hace falta para saborear la vida hasta el límite, para vivir intensamente y creer en la vida. Para Maude, compartir sus últimas provisiones de vida con Harold supone el mejor regalo que jamás podría imaginar.

“Harold and Maude” es una película fresca, una comedia arriesgada en cuanto a la atípica historia de amor que muestra. La relación entre los dos personajes es una metáfora de lo que ha sido siempre el lema de vida de Maude y lo que trata de inculcarle al joven: vivir la vida como uno quiera vivirla, sin preocuparse por el qué dirán los demás, sin pensar en las limitaciones morales que la sociedad pueda tratar de imponer. Más que el dicho de “el amor no tiene edad”, ése es el significado que subyace tras esta historia de amor tan particular.

El canto a la libertad de Maude al piano: “If you wanna be me, be me; if you wanna be you, be you. Cause there’re million things to do. You know there are. You can do what you want, the opportunity is on. And if find a new way, you can do it today…” (“Si quieres ser yo, sé yo; si quieres ser tú, sé tú. Porque hay un millón de cosas que hacer y tú lo sabes. Puedes hacer lo que quieras, la oportunidad está ahí. Y si encuentras otra manera, hazlo hoy…”)

Nota: 10/10

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Splendor in the Grass

Más que ante una película al uso, nos encontramos con este film ante una poesía trasladada a 35 mm. “Esplendor en la hierba” (“Splendor in the Grass”) es una joya cinematográfica protagonizada por unos maravillosos Warren Beatty y Natalie Wood. La historia transcurre en un pequeño y conservador pueblo de Kansas en 1928 (también abarca el siguiente año, 1929 y trata el crack de la bolsa de esa época), escenario de una gran historia de amor.

“Esplendor en la hierba” cuenta la historia de amor de dos adolescentes, el descubrimiento y la vivencia de ese gran amor de la vida, ése que nunca se llega a olvidar y que deja una huella imborrable. Bud es un chico que no está nada interesado en los negocios que su padre tiene con el petróleo, aunque éste se empeñe en que debe ir a la universidad para formarse y tomar las riendas de la empresa. Pero Bud únicamente está interesado en estudiar en la escuela de agricultura para llevar una vida tranquila y ocuparse de su rancho. Su padre es una persona incapaz de escuchar a los demás, qué únicamente trata de imponerle a su hijo lo que él cree que es lo que más le conviene. Bud sufre porque no es capaz de enfrentarse a él y decirle claramente que es su vida y que hará lo que quiera, que no puede obligarle a vivir una vida que no le pertenece. Toda esta situación genera una gran frustración en el chico y le hace sentir una gran impotencia.

Deanie está muy enamorada de Bud pero sufre un choque generacional con su madre, que trata de imponerle su forma de pensar, retrógrada y anticuada, sobre el papel que deben representar las mujeres en la sociedad y como pareja de los hombres. Trata de inculcarle que una “buena chica” no debe sentir deseo sexual, que únicamente ha de complacer a su marido. Que las mujeres “decentes” no sienten esas cosas, que eso es para los hombres y que debe practicarse sexo únicamente dentro del matrimonio y para procrear. Por ello Deanie siempre procura comportarse como una “niña buena” y nunca da el paso de mantener relaciones sexuales con Bud, por la presión social, que diferencia a dos tipos de chicas: aquellas con las que los chicos se acuestan para pasárselo bien y desahogar el torrente hormonal propio de la edad y otras, las “decentes”, que son aquellas con las que acaban casándose y teniendo hijos, sumisas y obedientes.

Cada uno a su manera, Bud y Deanie acaban por revelarse contra esas absurdas imposiciones sociales, contra esos padres que quieren imponer una forma de ser, de comportarse y de vivir a sus hijos. En el caso de Bud esa lucha por buscar su propio lugar en el mundo lo lleva a un estado de decadencia moral. Deanie, por su parte, acaba por encontrarse al borde de la locura y a punto de perder la cabeza.
No sólo como trasfondo sino como metáfora de esta bella historia, que con tan apasionada y sublime interpretación nos cuentan Warren Beatty y Natalie Wood, el famoso extracto del poema del británico William Wordsworth (1770-1850), adorna el film:

“Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strengh in what remains behind.”

“Que aunque nada pueda traer de nuevo
el esplendor en la hierba, la gloria en la flor;
no debemos apenarnos, sino encontrar
fuerza en lo que queda atrás.”

Con esta poesía, Elia Kazan quiso trazar la gran historia de amor de estos jóvenes. Aunque el tiempo y las circunstancias lleven a Bud y a Deanie por diferentes caminos, aunque aquello con lo que soñaban, lo que idealizaban en la juventud, no acabe por realizarse, siempre quedará el recuerdo. Deanie interpreta así el extracto del poema de Wordsworth, cuando le pregunta su profesora sobre su significado: “Cuando somos jóvenes tendemos a verlo todo de forma muy idealizada; cuando nos hacemos mayores, debemos olvidar los ideales de juventud y encontrar la fuerza.” Quizá la pareja deba sacar fuerzas de la intensidad de ese amor vivido, para continuar adelante. Aunque nada acabe siendo como ellos creían que sería, aunque sus vidas tomen rumbos muy diferentes, la belleza y la intensidad de ese amor permanecerá en sus recuerdos.

Nota: 10/10

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Reportaje: Londres

La ciudad adictiva

El famoso puente de Londres, tan idealizados en las antiguas canciones infantiles

Uno de los grandes símbolos de Londres, el Tower Bridge  / Z.L.C.

Londinium, así la llamaron los romanos, que iniciaron la invasión de la ciudad del Támesis hacia el año 43 d.C. Es evidente que poco tienen en común aquella Londres con la megalópolis que es hoy, en cuya capital viven más de 8 millones de personas y más de 13 millones si se suma el área metropolitana. Quizá lo que continúe uniendo a ambas urbes, distanciadas por tantos siglos de historia, sea la muralla que los romanos construyeron alrededor de la City, área original, para separarla de los demás barrios o buroughs, como allí los denominan. En un paseo por las inmediaciones del Museum of London -de visita imprescindible para los verdaderos apasionados de la ciudad y su historia- aún permanecen los restos de aquel muro divisorio. Y es que en la época medieval, la City era la extensión total de Londres, nombre que ahora se  utiliza para referirse a ésta más los otros 32 distritos de la capital británica. Esta parte de la ciudad continúa manteniendo en la actualidad un estatus especial, incluido un gobierno municipal propio.

Alrededores del Museum of London donde a la derecha se observa un trozo del antiguo muro divisorio.

Alrededores del Museum of London donde a la derecha se observa un trozo del antiguo muro divisorio / Z.L.C.

Desde que Londres abre los ojos cada mañana y despierta al mundo (si es que ha llegado a dormirse) comienza su actividad frenética, su continuo ir y venir, su ritmo incansable. El famoso tube (metro) se llena de gente, de personas que se desplazan a diferentes puntos de la ciudad, van a trabajar o a estudiar. O son turistas que quieren empaparse del dinamismo de la capital del Reino Unido, que desean aprovechar su tiempo en una ciudad irrepetible, desde la primera luz del día. El viajero que visita Londres por primera vez es como la mosca que cae en las garras de una planta insectívora: una vez dentro, no hay escapatoria. Solo que en este caso es al revés, ya que es Londres la que entra en el visitante para no abandonarle jamás. Es como una adicción a causa de la cual el cuerpo se acostumbra y se crea una dependencia. Y es que para descubrir esta ciudad, es necesario ser consciente de que nunca se tendrá suficiente, de que se querrá volver. Los que no han ido aún, la anhelan; los que sí, suspiran por el reencuentro. Gusta a todas y cada una de las personas que la conocen o, al menos, aquellos que no le ven tal encanto han de tener mucho valor para confesarlo en público. Aquel que se atreva a decir que no le gusta Londres, que se prepare para soportar más de una mirada fulminante y algún comentario incrédulo y hasta molesto.

EN BUSCA DE LA CITY                                                                                                    

En Londres no hay tiempo para aburrirse, es algo prácticamente imposible. Ya lo dijo en su día Samuel Johnson (1709-1784), autor del Dictionary of the English Language (1755), el primer diccionario completo de inglés: “Si alguien se cansa de Londres es que está cansado de la vida”. Todo aquel que haya pisado la capital británica estará de acuerdo, sin duda, con sus palabras. Si el lector es muy anglófilo y siente curiosidad, el viejo diccionario se puede ver y tocar. Se encuentra en la casa del autor, la Dr. Jonhson’s House, en Gough Square. Se trata de una evocadora mansión urbana de la época victoriana, conservada prácticamente como en su momento y con las pertenencias del dueño, cuadros y diversos objetos. Merece la pena si se quiere visitar un lugar encantador, diferente y alejado de las grandes aglomeraciones.

PARA EXPLORAR LA CITY
HAY QUE APROVECHAR EL
FIN DE SEMANA, CUANDO
SUS CALLES SE QUEDAN
PRÁCTICAMENTE DESIERTAS

Vistas de la City desde la St. Paul's Cathedral

Vista panorámica de la City desde la St. Paul’s Cathedral / Z.L.C.

Es una actividad perfecta para un sábado de paseo por la City. El distrito financiero y con más historia de Londres se queda prácticamente desierto durante los fines de semana y brinda al viajero la oportunidad de disfrutar de una mañana de tranquilidad mientras recorre sus preciosos rincones. Aprovechando la cercanía, apetecerá caminar hasta la St. Paul’s Cathedral. La visita a esta obra maestra del talentoso arquitecto local Sir Christopher Wren es de visita casi obligada. Los más atrevidos, y aquellos que no tengan afecciones cardiacas o claustrofobia, no dudarán en subir los 530 escalones hasta la cima de la catedral. No hay razón para asustarse, pues los peldaños están divididos en tres niveles: primero se subirán 259 y se ascenderá 30 metros de altura para acceder hasta la Whispery Gallery (Galería de los Susurros), cuyas paredes poseen la particularidad de hacer rebotar las palabras de un extremo al otro, a 32 metros de distancia. Si se sube un poco más, otros 119 escalones, se llega a la Stone Gallery (Galería de Piedra), donde se podrá disfrutar al aire libre de una panorámica completa de la ciudad, aunque un tanto obstaculizada debido a los barrotes. Quedan 152 peldaños más para llegar al final, a la Golden Gallery (Galería Dorada). Por el camino, cuando se está casi a punto de llegar, un agradable miembro del personal del templo invitará al visitante a mirar hacia abajo, a sus pies, pues a través de un pequeño cristal redondo podrá hacerse una idea de la altura a la que está: en ese punto, le separan siete pisos de la planta baja de la catedral. Los 111 metros de altura del tramo final bien merecen el esfuerzo, pues en este caso la vistas, con menos barreras de por medio, son difícilmente superables.

Fachada de la St. Paul's Cathedral

Fachada de la St. Paul’s Cathedral / Z.L.C.

Detalle de la cúpula de la catedral

Detalle de la cúpula de la catedral / Z.L.C.

DESCUBRIENDO EL WEST END

Un día redondo puede comenzar con la visita a la zona de Westminster y dirigir la mirada hacia el palacio, que alberga el parlamento y que está coronado por el celebérrimo Big Ben. La caminata continúa hasta la Abadía, aunque para entrar conviene llegar o muy pronto o muy tarde, para evitar las multitudes. Cerca de allí el visitante también se encontrará con el famoso Nº 10 de Downing Street, el domicilio tradicional del Primer Ministro –el equivalente a La Moncloa- aunque Tony Blair decidió, durante su mandato, romper esa tradición e intercambiar su residencia por el Nº 11 de la misma calle, en la que vivía otro cargo importante del gobierno. La calle es discreta y el edificio modesto, comparado con otras viviendas oficiales. Durante gran parte de su historia, el Nº 10 de Downing Street había sido accesible para el público y solamente contaba con un policía de guardia en la puerta. Fue en la época de Margaret Thatcher cuando se decidió, por razones de seguridad, cerrar la calle a ambos lados con unas vallas negras de hierro, por lo que en la actualidad la visibilidad es escasa. Cuando sea hora de hacer un alto en el camino, es una buena opción comprar algo de comida, como un típico Fish and Chips (pescado rebozado y patatas fritas, que se suele acompañar de ensalada) y descansar en el St. Jame’s Park, uno de los más pequeños pero también más encantadores parques de Londres. No muy lejos se encuentra otro emblema británico, el Palacio de Buckingham, cuyas verjas normalmente estarán llenas de turistas observando, curiosos, a los pintorescos guardias reales, con sus llamativos uniformes rojos y sus rimbombantes sombreros de piel de oso. Si se quiere ver un espectáculo insólito, a las once y media de la mañana se celebra la ceremonia del cambio de guardia.

El Big Ben, icono de Londres, de noche, desde la boca de metro de Westminster

El Big Ben, icono de Londres, de noche, desde la boca de metro de Westminster / Z.L.C.

La zona del parlamento  en Abingdon Street

La zona del parlamento en Abingdon Street / Z.L.C.

Un "habitante" del St. James Park

Un “habitante” del St. James Park / Z.L.C.

La entrada de la famosa Westminster Abbey

La entrada de la famosa Westminster Abbey / Z.L.C.

Turistas curioseando desde el exterior del Buckingham Palace

Turistas curioseando desde el exterior del Buckingham Palace / Z.L.C.

No muy lejos del hogar de la reina, los aficionados al arte encontrarán en Londres un paraíso: la National Gallery. Un museo de entrada gratuita, como la gran mayoría en todo el Reino Unido, con más de dos mil pinturas europeas en exposición. Se trata de una de las mayores pinacotecas de todo el mundo y en ella se hallan cuadros tan conocidos como El matrimonio Arnolfini de van Eyck; La Venus del espejo de Velázquez; La cena de Emaús, de Caravaggio; Los girasoles de van Gogh; El sombrero de paja, de Rubens o el enigmático Los embajadores de Holbein, que sorprende a todos los que lo contemplan. Si se dispone de tiempo limitado, conviene elaborar una lista con las obras que se quieran ver para poder aprovechar al máximo la visita. La siguiente visita está al lado, la National Portrait Gallery, una excelente galería en la que se exponen los rostros de los protagonistas de los últimos cinco siglos de la historia del Reino Unido. En el primer piso, dedicado a la familia real, se encuentran los retratos que hizo Andy Warhol de la reina y, como curiosidad para los interesados,  en la planta baja se expone el videoretrato que la artista de arte moderno, Sam Taylor-Wood, realizara de David Beckham durmiendo tras un entrenamiento, en el año 2004.  Es muy probable que en la piazza de Covent Garden algún artista callejero esté haciendo reír a los transeúntes. Para comer, lo mejor es caminar hasta Chinatown, hacerse la foto de rigor delante las puertas falsas de Gerrard St., antes de traspasarlas y elegir un restaurante.

Recorrido por China Town

En una ventana de China Town / Z.L.C.

La famosa muralla de China Town

La puertas falsas de China Town / Z.L.C.

AL SUR DEL TÁMESIS

Por la tarde, el Tower Bridge (el puente de la torre) invita a un agradable paseo entre la multitud, con vistas a la City y en compañía del Támesis. Al llegar al final del puente se tropieza con el barrio de Southwark, la zona sur del centro de Londres. Hace algunas décadas, era una zona olvidada y descuidada, pero desde finales de los 90 vivió una impecable renovación que la ha transformado en un interesante rincón de la capital. El río sin duda lo dota de encanto y el Bankside, a su orilla, regala un recorrido relajante por la noche, antes de cenar en uno de los muchos establecimientos de la zona.

Una relajante paseo por

Una relajante paseo nocturno por el Bankside, a la orilla del Támesis / Z.L.C.

Tras reponer fuerzas, el itinerario sigue hasta el Shakespeare’s Globe, para ver esta reconstrucción del original Globe Theatre de 1599, donde se representaban las obras shakespearianas y los llamados groundlings (asistentes que se quedaban de pie), que podían ser alrededor de 500 personas, eran tan pobres que no podían permitirse ver las representaciones sentados. Pagaban un penique y se quedaban en el centro del teatro, de pie, delante del escenario. De sobra es conocida su mala educación, ya que gritaban e incluso tiraban comida a los actores que no les convencían. El teatro actual se inauguró en 1997 y se copió minuciosamente cada detalle, tanto que incluso sigue estando a cielo abierto, por lo que solamente se representan obras desde finales de abril hasta mediados de octubre. Para finalizar el día, el broche final es la Tate Modern, que  está justo al lado, y a la que merece la pena echarle un vistazo, ya que si es viernes o sábado cierra sus puertas a las diez de la noche.

DOMINGO EN BRICK LANE

Aunque el mercadillo por excelencia es el de Portobello Road, en el famoso barrio de Notting Hill –donde se celebra un carnaval en agosto, al que acuden aproximadamente un millón de personas cada año- no tiene desperdicio pasar un domingo londinense, de tenderete en tenderete, en Spitalfields. Tradicionalmente, el mercado con ese mismo nombre acogía una interesante selección de ropa urbana a precios excelentes, además de joyeros, mueblerías y puestos de alimentación. En 2006, una parte se convirtió en un complejo de restaurantes y tiendas, pero el antiguo mercado sigue en pie y en la calle Brick Lane se puede encontrar de todo, desde muebles, ropa, frutas y verduras, complementos o diferentes objetos de segunda mano y de coleccionista.

Tiendas en el barrio de Notting Hill

Tiendas en el barrio de Notting Hill / Z.L.C.

Placas en exposición en el exterior de una tienda de Notting Hill

Placas en exposición en el exterior de una tienda de Notting Hill / Z.L.C.

El mercado de Portobello

El mercado de Portobello / Z.L.C.

EL DOMINGO PERFECTO EN
LONDRES SE PASA DE
PUESTO EN PUESTO POR LA
ZONA DE SPITALFIELDS

Cada semana es una sorpresa. Todo eso además acompañado de maravillosos cafés y restaurantes de comida étnica, donde parar a tomar un descanso. En una antigua fábrica de cerveza, la Old Truman Brewery, que por la semana funciona como aparcamiento, los domingos se transforma en un dinámico y creativo mercado, el Sunday Up Market, en el que se puede comprar ropa de excelente calidad (no hay que irse sin una original camiseta) y de jóvenes diseñadores locales, además de una suculenta variedad de comida, tanto dulce como salada, joyas y puestos de música.

Fachada de la Old Truman Brewery

Fachada de la Old Truman Brewery / Z.L.C.

El mercadillo de Brick Lane

El mercadillo de Brick Lane / Z.L.C.

El Londres imprescindible

Teatro

Es excesivamente caro desde la perspectiva española, aunque, si el bolsillo y el presupuesto lo permiten, es muy recomendable si se visita Londres, pues la puesta en escena de la ciudad es de gran calidad y además se ofrece una amplia y diversa oferta donde elegir. No podría esperarse menos de la capital mundial del teatro.

Entre las innumerables obras a las que asistir, hay algunas que se han convertido en grandes clásicos. Entre las más míticas, hay dos:

The MousetrapThe Mousetrap (La Ratonera) es la obra que lleva más tiempo en cartel de todo el mundo (59 años) y se trata de una historia whodunit (quién lo hizo), basada en la novela homónima de Agatha Christie. Durante 2011 se ha representado una versión española en nuestro país. Dónde: St. Martin’s Theatre. Dirección: West Street, Cambridge Circus (Westminster). Metro más cercano: Leiscester Square.

 Les Misérables

Les Misérables es un musical mítico, que celebró su 25º aniversario en 2010. Una historia ambientada en la Francia revolucionaria, adopción teatral de la novela escrita por Víctor Hugo. Se ha representado en 41 países y 291 ciudades, en 21 idiomas. Este año ha llegado por primera vez a España y en todo el mundo la han ya 55 millones de personas. Dónde: Shaftesbury Avenue. Metro más cercano: Picadilly Circus.

The British Museum

Cómo visitar Londres sin recorrer uno de sus grandes iconos museísticos, el Museo Británico. Ni qué decir tiene que es enorme y se necesitan varios días para poder verlo entero, pero algunas de las piezas más destacadas, que el visitante no debe perderse son:

Piedra Roseta

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La Piedra de Rosetta. Es la clave que ayudó a descifrar el lenguaje de los jeroglíficos egipcios. Fue descubierta en 1799 por el capitán francés Pierre-François Bouchard en un pueblo egipcio llamado Rosetta.  Como era lógico, la piedra iba a ser transportada a Francia, pero los ingleses la robaron como botín de guerra en 1801.

Lewis Chessmen

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Lewis Chessmen. Se trata de un grupo de piezas de ajedrez del siglo XII y son de las pocas que se conservan de esa época. Están hechas de marfil de morsa y fueron descubiertas en 1831 en la isla de Lewis, en las Hébridas Exteriores de Escocia. En el British se guardan 67, las once restantes se encuentran en el Museum of Scotland de Edimburgo.

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Lindow man. Uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de los 80. Concretamente se encontró en 1984 en una turbera en la región de Cheshire, al noroeste de Inglaterra. La piel, de unos 2000 años de antigüedad, se conservó gracias a los ácidos de la turba.

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Máscara de mosaico de Quetzalcoatl. Pertenece a la cultura azteca y se cree que representa a Quetzalcoatl (“la serpiente emplumada”) o al dios de la lluvia Tlaloc. La máscara está tallada en madera y cubierta con turquesa en mosaico. Siglos XV-XVI.

   

Barbican

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Es un complejo cultural multiartes con una agenda muy completa. En él se unen el arte, la música, el teatro, la danza, el cine y varias escuelas creativas. Alberga diversos festivales, exposiciones, conferencias y además cuenta con bares y restaurantes. Es la sede de la London Symphony Orchestra.

London Eye

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La famosa noria gigante de la ciudad, que se construyó para recibir el nuevo milenio en el año 2000, es otra actividad ineludible si se visita la capital británica. Al contrario que otras atracciones, los famosos descuentos 2×1 no incluyen la London Eye. La entrada es bastante cara y es necesario hacer cola durante un buen rato. Aún así, la oportunidad de subir en una noria que viaja a velocidad muy lenta durante media hora,  para poder contemplar las vistas en detalle, es inolvidable. Es recomendable subir de noche, con la ciudad iluminada.

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