Descifrando códigos

Columna de opinión, escrita el 15/11/2010

Los Beatles no querían ser famosos. Cualquiera que lea un poco de su historia o haya
visto algún documental sobre la banda lo sabrá. De ahí la razón de su corta, pero intensa
y fructífera carrera. A pesar de que lo único que deseaban era subirse a un escenario y
volver a su casa tan tranquilos, se convirtieron en un fenómeno de masas en los años
sesenta. Eso sí, jamás perdieron su esencia ni dejaron de ser ellos mismos, desde el
principio hasta el día en que decidieron que estaban cansados de la fama, de tocar en
conciertos en los que se escuchaban más los histéricos gritos de miles de adolescentes
que sus propios acordes. Hay libros a los que les ocurre lo mismo que a los Beatles.
Unas veces son obras de escritores de gran prestigio, cuya carrera la sigue un grupo de
lectores fieles, a los cuáles se les van sumando otros nuevos. Otras, nuevos
descubrimientos u obras recuperadas de otros años. No se escriben pensando en
conseguir un éxito de ventas arrollador, si no en escribir literatura de calidad. Gracias a
lo que nos cuentan (puede que una historia de sentimientos universales) conducen
inevitablemente a la reflexión y conectan con un importante número de lectores. Quizá
no logren vender miles de ejemplares en un mes, pero probablemente sus novelas se
conviertan en lo que Jorge Sabanes, de Planeta, denomina long-seller. En un interesante
reportaje sobre literatura, publicado en el suplemento del diario argentino La Nación
(16/12/2001), Sabanes explica que el long-seller es aquel libro que logra un gran
volumen de ventas a largo plazo y que no suele tener tanta presencia en las listas de los
más vendidos.
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Con la buena literatura se piensa y al poder le interesa más tener a la
ciudadanía entretenida descifrando códigos secretos.
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El best seller siempre se asocia a la literatura más mediocre, la que ocupa precisamente
esas listas. Una literatura que curiosamente siempre se relaciona con un nombre: Dan
Brown, Ken Follet, Stephen King… Y, sin embargo, el autor en este caso es lo menos
reseñable, porque estamos hablando de un producto puro de marketing. Un libro
prefabricado y vacío de contenido, en el que el escritor es un mero instrumento
comercial. Como bien decía Joan Fuster en su artículo L’art de llegir, publicado en la
revista Jano (15/12/1978), el best seller suele ser fugaz y simple. Si bien es cierto que
en literatura, como sucede en otras facetas de la cultura, no todo es blanco o negro.
Jorge Herralde, de Anagrama, nos ofrece, en el reportaje mencionado, una interesante
distinción entre el best seller puramente comercial, el que busca la venta masiva
deliberadamente y el best seller literario o de calidad que, sin premeditarlo, logra
formar parte de la biblioteca personal de muchos lectores. Gran parte de la culpa de que
no se lea buena literatura es de la industria y las grandes empresas distribuidoras. Son
éstas las que llenan los escaparates y las estanterías con El código Da Vinci. Pensándolo
bien, con la buena literatura se piensa y al poder le interesa más tener a la ciudadanía
entretenida descifrando códigos secretos.

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