Euskadi desde fuera

Lo primero que se enseña a los alumnos de Periodismo en cualquier facultad de
este país es a distinguir entre los hechos y las opiniones. A saber discernir entre el
trabajo que corresponde a un periodista en su labor informativa ante cualquier
hecho, que es trasladar los acontecimientos a la ciudadanía, tal y como suceden. A
informar, pero no a valorar ni a calificar. La opinión, perfectamente válida y
necesaria en una sociedad democrática, tiene un sitio en el propio género, pero
siempre en el lugar destinado a ello, en el que se especifica claramente al lector que
se trata de un espacio de tal característica y fin. En todo caso, para que el medio
juzgue los hechos existe la figura del editorial, donde serán los responsables del
medio los que expongan sus puntos de vista.
En lo que respecta al caso particular del conflicto en Euskadi, aquellos sermones
del profesorado en los primeros años en la facultad se olvidan con una facilidad
preocupante. Obviando el mito de la objetividad, que todos en esta profesión
tenemos más o menos claro que no es posible, el ejercicio del periodismo no puede
renunciar nunca, sin embargo, a la imparcialidad. Y este concepto supone, primero
el contrastar la información y segundo buscar todos los puntos de vista para poder
ofrecérselos al receptor del mensaje y que éste, con todas las cartas sobre la mesa,
juzgue por su cuenta.


Al hablar de ETA o del independentismo vasco en los medios de comunicación
españoles, se crea la excepción, la licencia para manipular. Cuando se trata este
tema en los medios, el periodista ofrece la información en clave política y sus
fuentes se reducen únicamente a las oficiales que pueden proceder, o bien del
Ministerio del Interior o bien de la Policía o la Guardia Civil. Sabiendo que en todo
conflicto o contraposición hay al menos dos partes enfrentadas, en el caso concreto
del conflicto vasco, hay una parte que se queda sin voz.
Esto se debe a que desde el mismo poder se ha tendido a condenar cualquier
aproximación al mundo de ETA, periodísticamente hablando, con el riesgo
palpable que se corre de que acusen al medio en concreto de colaboracionismo o
complicidad con el grupo armado separatista. Esto quiere decir que a los
periodistas “se les permite” hacer bien su trabajo en cualquier circunstancia,
excepto cuando se trata de alguna información sobre ETA. Es evidente que en la
actualidad, dada la clandestinidad en la que se encuentra esta organización, es muy
probable que sus miembros se muestren reacios a contactar con la prensa.
También es lógico que los propios periodistas no quieran exponerse de ese modo,
pues el contactar con una fuente de estas características puede entrañar riesgos
considerables. Aún así, tampoco es habitual, que desde fuera de Euskadi, a la hora
de tratar cualquier tema relacionado con el independentismo vasco, ya no de la
propia violencia, se consulten, por ejemplo, fuentes de la izquierda abertzales.



Desde la Transición, la prensa se ha dejado manipular por el poder y ha seguido su
juego desde una perspectiva centralista y que ha tendido a criminalizar todo
aquello que tenga que ver el nacionalismo. Ha sido así de tal modo que se ha
llegado al extremo de cerrar un medio de comunicación por el simple hecho de
haber publicado una entrevista con ETA y estar escrito en euskera (Egunkaria). Es
por ello que los periodistas, aquí como portavoces del poder, se han saltado la ética
de la profesión y han permitido que a un sector de la población se le haya negado la
oportunidad de expresarse en los medios de comunicación españoles y poder así
ser escuchado por la ciudadanía de este país.
No se acepta que la otra parte pueda decir lo que piensa, haga sus reivindicaciones
u opine sobre el conflicto y sobre la propia realidad de su tierra que, dicho sea de
paso, los periodistas desconocen por completo y aún así muchos de ellos se
atreven a opinar. Y este ha sido y es uno de los mayores errores del periodismo: el
no haber servido de vehículo para el diálogo, el haber echado más leña el fuego en
lugar de haber hecho pedagogía del asunto. Tal y como están las cosas en ETA
ahora, cuando tantos ex etarras manifiestan la necesidad del abandono de las
armas, quizá el haberlo hecho de otro modo hubiese contribuido a un anticipo del
fin de la violencia.

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