El enredo Estados Unidos-Pakistán (artículo de opinión de TIME)

Estaba buscando el otro día información sobre todo lo que ha ocurrido entre Estados Unidos y Pakistán, a raíz de la muerte de Bin Laden, que si uno dice que el otro lo sabía, que si el otro dice que eso no es verdad y que está enfadado porque no se le avisó de la operación… Encontré este artículo de opinión-análisis de un tal Tony Karon, que me pareció interesante. Como tengo la traducción por afición, decidí practicar un poco con este artículo. Al margen de lo que podamos pensar cada uno de lo que ha ocurrido -aunque aquí no trata el tema del asesinato, sino de la relación entre EE.UU. y Pakistán- (derechos humanos, estado de derecho, legalidad internacional, por qué lo llaman “justicia” cuando quieren decir “venganza”, no ponerse a la altura de un asesino, el fin no justifica los medios, ¿dónde están los valores democráticos de los que tanto alardean los EE.UU. y que -supuestamente- se encargan de extender por el mundo?, por no hablar de las torturas, etc., etc.)

El contenido es muy interesante y a mí como periodista -lo eres, aunque no tengas aún el papel que lo certifica- me ha parecido fascinante leer un análisis como este de las relaciones geopolíticas a nivel internacional, además de que es enriquecedor -y obligado- leer de muchas y diversas fuentes. Creo que a cualquier ciudadano también le conviene leer el material periodístico como este (aunque, de opinión, eso que conste). El problema principal es que en España no podemos presumir de nuestras aptitudes idiomáticas, precisamente. Por eso, comparto con vosotros esta traducción al español, por si os interesa. Creo que el resultado no está nada mal. El artículo original es éste.

Pakistán puede haber engañado a los Estados Unidos, pero no esperen que el matrimonio termine.

Escrito por TONY KARON. Miércoles, 4 de mayo de 2011. 17:11 h. (TIME MAGAZINE)

Que Pakistán ha sido un aliado poco fiable para los Estados Unidos apenas es noticia: Teniendo en cuenta que Osama Bin Laden estaba escondido a plena vista en Abottabad, el sistema de seguridad de Pakistán ni siquiera se molestó en ocultar el hecho de que sigue una agenda bastante distinta de la de los Estados Unidos. Al mismo tiempo que ayudaba a los Estados Unidos a trasladar a cientos de sospechosos de Al Qaeda a territorio propio, continuaba proporcionando asilo y socorro a los talibanes y a otros grupos extremistas, algunos de ellos aliados de Al Qaeda, para lograr sus propios objetivos en Afganistán y Cachemira.

Los Estados Unidos lo han sabido desde hace años, pero eso no ha forzado una ruptura en las relaciones Estados Unidos-Pakistán. Esto es difícil de cambiar ahora, aunque resulte que miembros de la jerarquía pakistaní hayan estado al tanto de la presencia de Bin Laden todo este tiempo.

Para entender por qué, sólo hay que mirar tan lejos como a Damasco. Eso es, Damasco. El presidente de Siria, Bashar Al Assad, es el único aliado de Irán entre los jefes de estado árabes; él es el patrón clave de Hezbolá y Hamás, y está todavía formalmente en guerra con Israel. Su régimen es acusado por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de intentar llevar a cabo un programa secreto (después de que las instalaciones fuesen bombardeadas por Israel) y ha pedido la represión de unos movimientos de protesta sin precedentes contra su gobierno autoritario, mediante el envío de tanques e instando a sus fuerzas de seguridad a abrir fuego reiteradamente contra los manifestantes desarmados, matando a centenares.

Sin embargo, es poco probable encontrar una propuesta seria de política exterior por los pasillos del poder en Washington –o, para el caso, incluso en Jerusalén-, que está dispuesto a abogar por una política de derrocamiento de Assad.

Esto se debe a que con todo lo que odian lo que Assad representa, los poderes occidentales, Israel y otros regímenes en la región, temen que la alternativa pueda ser peor. La estructura sectaria de poder en Siria significa que el derrocamiento de Assad podría provocar una guerra civil que podría renovar el peligro del conflicto suní-chiíta en el Líbano e Iraq. Los líderes israelíes apuntan a que los principales aspirantes a tomar el poder en caso de que Assad cayese son los Hermanos Musulmanes, los cuales podrían adoptar una postura todavía más hostil. A pesar de su postura reacia, el régimen de Assad es predecible, y visto como un agente de estabilidad en la frontera del norte de Israel, en la que no se ha producido ningún disparo en 38 años. Del mismo modo, su apoyo a Hezbolá es visto como un freno a cualquier hostilidad que el grupo respaldado por Irán pudiese intentar iniciar con Israel. Y así sucesivamente.

En lugar de intentar de derrocar a Assad, durante años, los poderes occidentales han tratado mediante presiones e incentivos de mejorar su comportamiento, con la esperanza de persuadirlo para que terminase sus relaciones con Irán y para que cooperase con los objetivos de los Estados Unidos en Iraq y el Líbano. Es una política cuyos resultados han sido pocos, al menos en cuanto a la limitada capacidad de influencia para conseguirlos. Aún así, incluso al calor de la rebelión, cuya violenta represión acabará por hacer insostenible el régimen de Assad en los anales de la historia, no hay señal de cambio en lo que respecta a la política de Siria.

Por lo tanto, aunque Assad pueda ser considerado a la larga como un mal menor en la lógica estratégica de Washington, no es difícil de imaginar cómo los líderes militares habrán perdonado sus pecados.

Pakistán posee un enorme arsenal nuclear, y permanece bloqueado en una incipiente guerra territorial con la nuclearmente armada India; Pakistán, más que Afganistán, es el principal centro del terrorismo internacional; para que los Estados Unidos se liberen del atolladero de “reconstrucción de la nación” en Afganistán, necesitarán una solución política con los talibanes, para lo que Pakistán será decisivo a la hora de lograrlo (y hasta entonces, el tiempo que continúe allí la misión militar de la ONU dependerá de Pakistán en cuanto a sus líneas de suministro, especialmente de petróleo); el sistema de seguridad pakistaní, más que el irresponsable liderazgo político de la población civil, es la clave del centro del poder en Pakistán, que sigue manteniendo su lucha contra la insurgencia radical interna. Y la lista continúa.

A los Estados Unidos puede no gustarles lo que ven en el régimen de Pakistán, y pueden temer que el actual sistema de seguridad que mima a los grupos extremistas haga más y más daño. Pero a pesar del clamor en Washington esta semana para castigar a Pakistán tras la revelación de que Bin Laden había estado acampado en el patio trasero de los militares, la cruda realidad podría ser que las alternativas de mantener la actual relación –dañada como debe estar- son para Washington demasiado espantosas de contemplar.

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