Cuaderno de viaje: Edimburgo

La ciudad cautivadora

Vistas desde North Bridge

El atardecer visto desde el North Bridge / Z.L.C.

Pisé por primera vez la capital de Escocia hace casi tres años, en septiembre de 2010. Decidí, como tantos y tantos españoles, realizar una inmersión lingüística para perfeccionar mi inglés. Y qué mejor manera de hacerlo que asistir a una escuela en una ciudad angloparlante, aunque en mi caso fue muy poco tiempo, solamente tres semanas. Creo que ésa es la única forma de poder llegar a entender el idioma hablado y poder soltarse (aunque cueste) a hablar inglés sin miedo. Aunque mi estancia fue muy breve, a la semana de estar allí completamente sumergida en la vida edimburguesa, fui consciente de que entendía mucho más a la gente: por la calle, en el supermercado o en alguna tienda.

Después de los nervios del viaje, llegué al aeropuerto y ciertamente me alegro de no fiarme mucho de esa expresión que afirma que “las primeras impresiones son las que cuentan”. Tras haber estado esperando por mi maleta algo más de lo que suelo hacerlo, por fin aparece. La pongo en el suelo y comienzo a notar algo extraño: la habían mutilado, una rueda menos, y el resto del trayecto acabó con ella definitivamente. Con la emoción de mi llegada ni por la cabeza se me pasó la posibilidad de presentar una reclamación por el desperfecto. Esa experiencia le hubiera restado un punto a Edimburgo, pero no significó nada, solamente una anécdota. O como me dijera una buena amiga en su momento “una maleta rota es como cuando rompen una botella de champán en un barco, es el ‘bautizo’ para que todo vaya bien”. Me pareció acertado su punto de vista (lógico, viniendo de una gran optimista), y así lo entendí. Además, después me encontré a un taxista muy agradable que me hizo muy ameno el trayecto hasta el apartamento, donde me esperaba mi anfitriona. Cuando te encuentras a alguien así, simpático y alegre, te duelen menos las veintiuna libras que te cobra por la carrera.

La dueña de mi alojamiento en Edimburgo, nativa de la ciudad, tenía mi edad y vivía en un pequeño piso de decoración minimalista y sencilla, que me entusiasmó. Me adapté en seguida al cambio y me sentí, como suele decirse, en mi propio hogar. Incluso disfruté de la casa para mí sola durante algunos días, gracias a lo cual supe cómo es vivir en sin compañía. Algo que para alguien que pasó de vivir con sus padres, a una casa de estudiantes y finalmente a vivir en pareja, es insólito y refrescante. A mi llegada, la dueña de mi casa temporal, mostró su hospitalidad y atención ofreciéndome algo de comer y, más tarde, llevándome a dar un paseo por el centro de la capital.

CUANDO VI EDIMBURGO
POR PRIMERA VEZ, LA
MALETA ROTA EN EL AEROPUERTO
SE QUEDÓ EN
UNA SIMPLE ANÉCDOTA

 Caminamos bastante y el recorrido fue algo así como cuando uno hojea un periódico o una revista para luego leerla en profundidad. Llevaba conmigo grandes expectativas, pues en todos los foros, blogs y demás contenidos de Internet que había leído sobre Edimburgo, todo el mundo hablaba maravillas y el taxista del aeropuerto tampoco se quedó corto poniendo a su ciudad por las nubes.  Recuerdo que le dije que ya conocía los famosos supermercados Tesco (la franquicia de distribución alimentaria más conocida del Reino Unido) porque tenía un amigo que había pasado cortas temporadas en Londres. Me contestó con sarcasmo: “¡¿En Inglaterra?! Tú has escogido el sitio adecuado”. Será la ironía de un pueblo que mira con recelo a su vecino del sur que, históricamente, le ha producido tanta humillación. En la actualidad, quizá ese sentimiento de superioridad que los escoceses -al igual que los galeses, esos grandes olvidados- reprochan a los ingleses, se justifica con la cobertura informativa que ofrece la BBC, que centra la mayoría de sus contenidos en Inglaterra. Mi compañera de piso me lo confirma: “Casi todas las noticias se centran en Londres o Inglaterra en general”.

La emblemática Victoria Street, llena de tiendas encantadoras que querrás visitar

La empinada calle Victoria Street, llena de tiendas encantadoras que querrás visitar / Z.L.C.

 

Durante mi primera caminata por la tranquila y acogedora ciudad, repleta de cuestas, lo primero que me enseñó mi guía particular fue el trayecto hasta la escuela de inglés y la calle donde se ubicaba. Al continuar nuestro camino, pasamos por la curiosa y emblemática Victoria Street. Se trata de una pequeña calle en curva, empinada y con las fachadas pintadas de diferentes colores, la mayoría de las cuales pertenecen a pequeñas tiendas alternativas de ropa; librerías de viejo y segunda mano que invitan a entrar; un establecimiento dedicado en exclusiva a la Navidad; pequeñas galerías de arte o una bonita tienda para los más pequeños, con el nombre de ese niño al que le crecía la nariz cuando decía mentiras. Como no podía ser de otra forma, es una tienda de juguetes tradicionales y educativos, hechos de madera, además de marionetas o muñecos de peluche y de tela. Victoria Street desemboca, por un extremo, en Grassmarket, una de las localizaciones más icónicas de Edimburgo. Llena de tiendas, restaurantes y hoteles y, por supuesto, pubs que ayudan a que la zona se anime bastante al caer la tarde. Grassmarket, además de funcionar, como su nombre indica, como lugar de mercado desde hace siglos, es también macabramente conocida por ser el lugar donde en el pasado tenían lugar las ejecuciones públicas de la ciudad. Por el otro lado se sale al George IV Bridge, erigido entre 1829 y 1834 y donde se encuentra la National Library of Scotland, en la que muchas veces estuve tentada de entrar.

El primer café me lo tomé en Elephant House, ahora mundialmente conocido por ser uno de los templos de creación escogidos por J.K. Rowling para escribir las peripecias de Harry Potter. Y lo cierto es que la mujer sabe, y mucho, porque la decoración del local desprende cierto calor y la atmósfera que se respira hace que te sientas como en casa. Qué mejor que un lugar así para encontrar la inspiración necesaria para crear la historia de un mago que va a acabar convirtiéndote en millonaria. Altamente recomendable, por cierto, el smoothie –que se pronuncia “smudi”de cranberries (arándanos), el capuchino y la tarta de chocolate. Si tienes una tarde melancólica, acompáñalo todo con un libro que te hayas comprado en Victoria Street.

EN ELEPHANT HOUSE,
UN CAFÉ CÁLIDO Y
ACOGEDOR, LA ESCRITORA J.K.ROWLING
ESCRIBIÓ PARTE DE
LAS AVENTURAS DE
HARRY POTTER

Edimburgo no tiene nada que ver con Londres, es un concepto de ciudad totalmente diferente. No estaría de acuerdo en absoluto con alguien que sentenciase que se trata de la segundona de la capital británica, como podría parecer desde fuera. La persona que articulase semejante afirmación no podría estar más equivocada. Sí, quizá Edimburgo es una especie de “hermana pequeña” de su vecina sureña, aunque esto tan solo se aceptaría si hablásemos de popularidad y demanda por parte de los turistas. Al lector tentado de visitar la ciudad escocesa, le ofrecería las mismas razones para visitarla que a mí me sirvieron para decidirme entre Edimburgo y Londres. Particularmente para pasar unas semanas, conocer una ciudad británica y practicar inglés. Edimburgo es una ciudad tranquila, cálida e increíblemente receptiva con los turistas. Aunque esto último pueda sonar a tópico, es totalmente cierto. Al tratarse de una ciudad pequeña, con una población que no alcanza el medio millón de habitantes, el forastero no tiene la sensación de distanciamiento con la población autóctona, de alejamiento, que pueden producir las grandes metrópolis. El visitante, lejos de sentirse al margen de los propios, ve como éstos le reciben con los brazos abiertos y, al mismo tiempo, le parece haber vivido allí toda la vida.  Otro factor decisivo y a tener en cuenta es el dinero, ya que al tratarse de una ciudad tan manejable, no es necesario gastarse grandes fortunas en el transporte público, ya que se puede ir caminando o en bicicleta a casi cualquier parte de la ciudad.

Con respecto al inglés, lo primero que debéis saber es que el nombre de la ciudad, Edinburgh, se pronuncia “Édimbra” y no “Édinbur”, como tendemos a hacerlo los Spaniards. El acento escocés es precioso, a mí por lo menos me hechizó: suena divertido y dulce, más fácil de entender de lo que muchos piensan. Aunque dependerá de con quién intercambies palabras, ya que, como en todas partes, hay de todo. Eso sí, para los que estamos acostumbrados al acento estadounidense, se necesitan unos días para acostumbrarse a la diferencia, pero al igual que ocurre en general con el acento británico. En mi caso, he de mencionar que me alegró muchísimo encontrarme en persona con gente que hablaba como Desmond, el personaje escocés, y mi favorito, de la serie Lost. Perdón por el guiño, pero si has sido o eres un sufridor seguidor de las peripecias de estos personajes perdidos en una isla surrealista, lo agradecerás. Si no, aprovecho para recomendarte que pases a formar parte de este club.

Volvamos a Edimburgo. No voy a dejar todavía el asunto idiomático, ya que además fue el propósito de mi feliz aventura viajera. La escuela estaba situada en la New Town, la mitad norte de la ciudad, sobre los Princess Street Gardens, que se sitúan en el centro. La ciudad nueva se construyó entre los siglos XVIII y XIX. La localización era perfecta, cercana a todos los puntos más atractivos. El ambiente de la clase –y en general de la academia- era excelente. Como no sorprenderá a nadie, en mi clase éramos todos españoles, a excepción de una o dos personas, dependiendo de si alguien se incorporaba cada semana. Y no era solamente en mi grupo, sino que aquella escuela estaba tomada por una colonia de compatriotas. Vale, sí, un par de italianos, algún alemán, un paquistaní y un japonés, muy educado él, ansioso por conocer a todo el mundo. Lo más curioso es que no sé qué nos habrá dado a los españoles con Edimburgo, porque la primera tarde que salí a la calle ya escuché a varios y es que estamos por todas partes. Y nos llevamos con nosotros nuestra impuntualidad. Ya se sabe, para un español las once son las once y cuarto. Y, al parecer, no somos los únicos. Mi profesor era irlandés y nos dijo que nuestro sentido de la puntualidad era igual que el de ellos. Curioso. Será cierta esa impresión que tengo de que los irlandeses me parecen los más latinos de esa parte de Europa.

Una muestra de la belleza que el visitante puede disfrutar en el Royal Botanic Garden

Una muestra de la belleza que el visitante puede disfrutar en el Royal Botanic Garden / Z.L.C.

Lo primero que visité en Edimburgo, por mi cuenta, fue el hermoso Royal Botanic Garden. No decepciona, tanto si eres aficionado a la botánica como si no te interesa especialmente. Durante mi exploración del lugar pude ver árboles muy particulares, muchas ardillas juguetonas, lagos de nenúfares que parecían sacados de un cuadro de Monet, llamativas flores y plantas que atraen inmediatamente la atención. Los espacios estaban en general muy bien cuidados y el broche final de la visita lo pusieron las vistas de toda la ciudad, que pude observar desde lo alto de los jardines.

Vista del Castillo desde Princess Street

Vista del castillo desde Princess Street, arropado por los jardines del mismo nombre / Z.L.C.

La actividad de la Royal Mile un sábado por la tarde

La actividad de la Royal Mile un sábado por la tarde / Z.L.C.

La siguiente parada de mis itinerarios fue la Old Town, la parte medieval y más antigua de la ciudad, coronada por el castillo. Éste  está situado en pleno centro de la capital, lo cual es un auténtico lujo y hace de Edimburgo una ciudad inolvidable y que te transporta fácilmente a otros tiempos. Prueba a imaginártela en una época del año como la que ahora se acerca, la Navidad: cubierta de luces y nieve. Desde la noria, que se coloca todos los años por estas fiestas, alzas la vista y ahí está, el castillo, mirando a los transeúntes a los ojos y recordándoles la emocionante historia que ha presenciado a lo largo de los siglos. Explorar el interior del edificio quizá no tenga tanto interés como observar las vistas de la ciudad desde su exterior o ver su majestuosidad desde Princess Street, la calle más comercial. O desde la Royal Mile, que mide precisamente una milla y que es “real” porque en el siglo XVI el rey se desplazaba por ella desde el castillo hasta el palacio de Holyroodhouse. En la actualidad, es la residencia oficial en Escocia de la familia real. Pero se conoce principalmente por haber sido el hogar de la reina Mary Stuart (María Estuardo), Queen of Scots. La vida de esta mujer es apasionante y (si se domina el inglés) se puede averiguar más sobre ella –además de sobre la historia de esta encantadora tierra- en el National Museum of Scotland, cuya entrada es gratuita y yo diría que casi obligatoria si a uno le gusta la historia (como quien escribe esta crónica) e implicarse en los lugares del mundo que visita.

EL CASTILLO MIRA A LOS TRANSEÚNTES
A LOS OJOS Y LES RECUERDA
QUE HA SIDO TESTIGO
DE LA APASIONANTE HISTORIA
DE ESCOCIA

Para comenzar la jornada de caminata con energía,  en cualquier Bed & Breakfast (opción mucho más económica que un hotel), te servirán un potente y delicioso desayuno típico: huevos al gusto, tomates al horno, sausages  (una especie de longanizas), beicon y judías pintas, además de té o café y zumo. Todo esto se puede elegir y combinar al gusto y, por supuesto, si el estómago no lo resiste, decantarse por una opción más ligera. Como curiosidad, no hay que confundir este desayuno “Scottish Breakfast” con el té clásico con leche, que aquí se llama de la misma forma, mientras que, como a nadie sorprenderá, en Londres pasa a ser “English Breakfast”. El recorrido dependerá de la localización del alojamiento, aunque en todo caso, cualquier paseo por la ciudad, se venga de dónde se venga y se vaya a dónde se vaya, es un regalo perfecto. En mi caso, vivía en la zona de Canonmills, al norte, cerca del jardín botánico.

Eso me permitía realizar un recorrido que pasaba por mi rincón favorito de Edimburgo y el que creo que es uno de los más evocadores, sobre todo al atardecer. Se trata del North Bridge, puente que hay que atravesar para pasear por la Royal Mile y mezclarse con los turistas, aprovechar para comprar una bufanda escocesa tradicional, calentita, hecha de lana de cordero, en alguna de tantas tiendas de suvenires, repartidas a lo largo de High Street. Al llegar hasta el palacio de Holyroodhouse tuve la oportunidad de ver el Scottish Parliament, que estrenó este nuevo emplazamiento en 2004. La construcción del edificio, ideado por el arquitecto catalán Enric Miralles (que murió en 2000, antes de terminar su obra), estuvo envuelta de una gran polémica. No solamente se inauguró tres años más tarde de lo previsto, se encargó a un arquitecto extranjero y además se utilizaron materiales no autóctonos, sino que en lugar de costar lo acordado -entre 10 y 40 millones de libras- la factura ascendió a la friolera de 414 millones de libras. Por no hablar de que su extravagante diseño no es plato de gusto de los escoceses.

George Street no debe faltar en un paseo por la New Town

George Street no debe faltar en un paseo por la New Town / Z.L.C.

La New Town me ofreció otra perspectiva de la ciudad. Al igual que la Old Town es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1995. Muchísimo más moderna, parece una ciudad diferente, aunque ambos lados te arropan de la misma forma y desprenden esa esencia que caracteriza a Edimburgo como una ciudad amable con los extranjeros. Está compuesta por edificios de estilo georgiano y está considerada como una obra maestra de la planificación urbana. La calle más elegante es George Street y desemboca en una apacible plaza, la céntrica St. Andrew Square, en la que compartí alguna que otra comida con compañeros de la clase de inglés, cuando el tiempo lo permitió. El tiempo, ese socorrido tema de conversación entre los edimburgueses, que no hay día que no contenga la palabra dreich (pronunciado “drij”). El vocablo es de origen gaélico y se emplea para referirse a esos días grises, de lluvia, mucho frío y nubes, tan habituales allí.

El cementerio de Saint John's puede ser un refugio de tranquilidad en un día de caminata

El cementerio de St. John’s puede ser un refugio de tranquilidad en un día de caminata / Z.L.C.

Cuando salía a pasear por las tardes y bajaba hasta Princess Street, mis pies se decidieron varias veces por examinar Shandwick Place o Lothian Road, al otro lado. Al principio de esta última se encuentra la iglesia St. John’s que cuenta con un bonito cementerio. Aunque parezca impactante para la mentalidad española, los cementerios no solamente se integran en el paisaje urbano. Son también lugares pensados además de  para el descanso eterno de los difuntos, para el disfrute de los transeúntes. Merece la pena encontrar un momento de paz, nunca mejor dicho, en alguno de ellos, para desconectar un poco de la vida de la ciudad. Esto es algo que me encanta del Reino Unido, así como el hecho de que sus iglesias no son tan aburridas como las nuestras, sino que además de su función obvia, suelen contar con mercadillos, tiendas e incluso algún coqueto café en el que hacer una pausa para tomar el té y un pastel.

COMO ES HABITUAL
EN EL RESTO DEL REINO UNIDO,
LOS CEMENTERIOS FORMAN PARTE
DEL PAISAJE URBANO

Confieso que no me atreví a probar el plato estrella de Escocia, cuya pasión allí es equivalente a la que aquí sentimos la mayoría por nuestra amada tortilla. Allí todo el mundo adora el haggis, que además protagoniza una entrañable tradición, la Burns Night, la noche dedicada a la vida y obra del poeta escocés Robert Burns. Se celebra generalmente el 25 de enero, fecha de su nacimiento, aunque también puede tener lugar cualquier noche del año. Se practica todo un ritual en el que se come, suenan gaitas, se recita poesía, se leen discursos, se brinda y se baila. El haggis es muy parecido a la morcilla, aunque con menos sangre que ésta. Consiste en una mezcla de corazón, hígado y pulmones de cordero, aderezada con harina de avena y cebolla, todo ello embutido en el propio estómago del animal. No, no me sonaba muy tentador, aunque aquellos que lo han probado digan que está riquísimo… Para los que prefieren algo más ligerito y seguro que mucho más sabroso, pueden hacer como yo y acercarse al Sea Dogs, en la animada Rose Street. Se trata de un bonito restaurante especializado en productos del mar y vegetarianos. Te servirán un pan buenísimo, que puedes untar con mantequilla, y una jarra de agua del grifo, que en Edimburgo es de muy buena calidad. De ambiente acogedor y de personal atento y agradable, disponen de unos precios muy razonables, aptos para todos los bolsillos. Aquí probé  mi plato escocés favorito, el apetitoso cullen skink, una sopa de eglefino (pez típico del norte de Europa, similar al abadejo) con patatas, cebolla, leche, mantequilla, pimienta y, en ocasiones, perejil.

Recorrer Shandwick Place,en el extremo oeste de Princess Street, es perfecto para mezclarte con la multitud

Recorre Shandwick Place, en el extremo oeste de Princess Street, para mezclarse con la multitud / Z.L.C.

Lothian Road es una calle para cinéfilos, con las salas independientes más interesantes de la ciudad

Lothian Road es una calle para cinéfilos, con las salas independientes más interesantes de la ciudad / Z.L.C.

Se acercaba el final de mi viaje y tenía una actividad pendiente: subir un domingo por la mañana a Calton Hill. A cien metros sobre el nivel del mar, se eleva esta colina de origen volcánico, como también lo son su hermana mayor, Arthur’s Seat, el punto más alto de la ciudad,  y el castillo. Los habitantes de Edimburgo suelen ir allí a pasear los fines de semana o incluso de picnic en los días de sol. A pocos minutos del centro de la ciudad, Calton Hill te da la oportunidad de trasladarte al campo, recorrer las rutas marcadas o ver sus monumentos. Es un lugar perfecto para observar el maravilloso contraste entre la Old y la New Town y contemplar la bahía del Firth of Forth, que baña la parte norte de la ciudad. Muy poca gente es consciente de ello, pero así es, Edimburgo tiene mar. Creo que no se le puede pedir mucho más para ser la ciudad casi perfecta. Calton Hill es también un lugar para llevarte un libro que te absorba y te aísle de la realidad, mientras te sientes rey o reina de Escocia por un día, ya que la panorámica de la ciudad, que tienes a tus pies, te hará sentir así. 

LA CAPITAL ESCOCESA ES
MUY RECEPTIVA CON LOS
TURISTAS, TE HACE SENTIR
COMO EN CASA Y NO TE
PRODUCE LA SENSACIÓN DE
DISTANCIAMIENTO DE LAS
GRANDES METRÓPOLIS

Disfruta de un momento de relax y contempla la ciudad desde Calton Hill

Disfruta de un momento de relax y contempla la ciudad desde Calton Hill / Z.L.C.

En mi última semana en Edimburgo me sentía, salvando las distancias, como un condenado a muerte que espera su condena. En esta ciudad te sientes abrigado, a pesar de ese frío tan característico que se te pega a los huesos. Aún así, merece la pena caminar por esas bellas calles y deleitarse con esa estupenda arquitectura. Sentir su fascinante historia, oscura y aterradora, como si se tratase de una novela de suspense. Edimburgo es un enigma. Cuando transitas por sus rincones, sus pequeñas calles escondidas, que parecen ocultar algún secreto, crees estar en la piel de Sherlock Holmes, el famoso personaje del escritor escocés Sir Arthur Conan Doyle. Lo mejor es aprovechar la extraordinaria y variada oferta nocturna de la ciudad y escaparte de las rutas más trilladas. Bajar las escaleras que dan al Whistle Binkie’s, donde puedes mezclarte con los edimburgueses y escuchar buena música en directo. Mientras saboreas una pinta, puedes leer algunas reflexiones filosóficas inscritas en las paredes del local. Quizá encuentres pistas que te ayuden a resolver el misterio.

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